A
veces es difícil entender para qué, y para qué no, hay dinero en
este país.
El
otro día oí que en los Presupuestos Generales del Estado para el
año 2014, se incluye ampliar la dotación a los Partidos Políticos.
Al
principio, me eché las manos a la cabeza pensando lo que siempre se
piensa en estos casos: “para ellos, sí hay dinero”, mas no tarde
en conocer que tal circunstancia, no era simplemente una vergüenza,
sino que había una causa justificada para ello.
El
motivo es que el próximo año, hay elecciones. Y claro, a los
efectos de financiar –imagino- las campañas electorales, se
aumenta el presupuesto (subvención, mamandurria) destinado a tal
fin.
Automáticamente
se me cruzaron los cables.
Soy
incapaz de entender, si no hay dinero, de qué sirve hacer otra
campaña política cuando la resaca de las últimas elecciones
todavía nos produce dolores de cabeza; cuando llevamos dos años
pendientes de las declaraciones de los políticos en unos y otros
frentes, desde los medios de comunicación hasta el Parlamento;
cuando estamos cansados de oírles echarse en cara lo de: “y tú
más”; cuando estamos hartos de saber y de sufrir lo que el
Presidente del Gobierno entiende que Dios manda hacer para salir de
la crisis en este país. Porque lo está haciendo pese a ser lo que
dijo que no haría durante la campaña electoral, una campaña de
propaganda de la que salió una mayoría absoluta parlamentaria –que
no ciudadana- con la que el PP impone ahora su ley, al margen de lo
que opine o defienda la gran mayoría de la oposición.
Por
la misma regla de tres, hemos podido presenciar -y seguimos
presenciando- lo que el PSOE no habría hecho de haber salir elegido,
por lo que deberíamos saber igualmente qué es lo que haría de
salir elegido de nuevo, sea para la Instancia que sea, tanto da un
Ayuntamiento, una Comunidad Autónoma o el mismísimo Parlamento
Europeo. Y por eso ya deberíamos igualmente saber que, si mientras
gobernaba hubiese hecho lo que ahora dice que haría o habría hecho,
tal vez no se encontraría cómodamente en la oposición, esperando
salir triunfante de los dislates y corrupciones de aquellos a los que
ahora y siempre se opuso.
A
estas alturas ya deberíamos entender quiénes son los que se han
alternado en el poder durante más de 30 años y que son los mismos
que se han unido, si ha sido menester, en lo que a mantener sus
privilegios se refiere. Y que, unos y otros, navegan a favor de la
corriente neoliberal que avanza cada día, cuál ejército de Atila,
sobre los derechos y las necesidades de los ciudadanos, especialmente
de los que no proceden de las clases y estirpes más acomodadas y
privilegiadas. Y deberíamos saber ya a estas alturas, quienes, con
más o menos disimulo, se unirán a sus huestes a la hora de votar.
También
hemos visto cuál es el objetivo de determinados partidos
nacionalistas que, amén de serlo al unísono para reivindicar
independencia o más autonomía, perfilan para sus conciudadanos y
votantes una proyección de vida y de derechos acorde con otros
intereses, sobre todo económicos, que probablemente poco o nada
tienen que ver con el sentimiento de pertenencia a ningún lugar.
De
la misma manera que hemos podido presenciar como los partidos
minoritarios han sido un cero a la izquierda, por no decir que han
sido humillados en muchos de los casos en los que han tenido ocasión
de subir a la palestra, con el consiguiente desprecio a aquellos que
depositaron en ellos su confianza en las mismas urnas y,
supuestamente, con los mismos derechos, que quienes votaron al PSOE o
al PP.
En
fin, que no entendía qué necesidad había de gastar más dinero en
campañas políticas, cuando la mayoría deberíamos saber bien de
qué pie cojea cada uno a día de hoy.
Más,
otra vez me pudo la inocencia.
Por
un momento no tuve en cuenta que la realidad es otra bien diferente.
La
realidad es que la intención de voto, como los propios resultados
electorales, poco o nada tienen que ver con la capacidad de convencer
de los partidos políticos, sino con su capacidad de engañar y de
manipular. Y para ello, se aprovechan de que la memoria de los
ciudadanos es muy corta. Y por eso, las campañas electorales y el
mayor desembolso económico en ellas, tiene la máxima importancia.
Por
otra parte, debe ser muy justo pagar más a quien más votos obtuvo
en las últimas elecciones y también que lo paguemos los ciudadanos
porque de lo contrario, los partidos más minoritarios no podrían
competir en publicidad y propaganda con los partidos de los grandes
intereses. Sin embargo, a mí, personalmente, no deja de parecerme
otra pequeña farsa. ¡Cómo si los Partidos minoritarios pudiesen
competir en algo!, máxime si la competencia tiene que estar
supeditada a la proporcionalidad de las subvenciones o al reparto de
escaños que dibuja la actual ley electoral.
Tengo
la impresión de que en cada nueva elección, como en la nueva Ley de
Wert, nuestros Partidos Políticos pasan en las urnas un examen de
reválida. Me temo que atrás queda el trabajo o el esfuerzo que los
alumnos hayan hecho durante el último periodo legislativo; atrás
las vergüenzas, la corrupción y las mentiras. Los aspirantes a
representarnos, preparan a conciencia el último examen e intentan
sacar la mejor nota sin importar si lo han de conseguir copiando o
estudiando con los apuntes de algún compañero más aplicado, si
habrán de pagar a los mejores profesores para preparar el examen o
si han de intentar incluso engañar al Tribunal, de considerarlo
posible y necesario, para obtener los mejores resultados.
Con
esto no quiero decir que no haya que votar ni tampoco pretendo decir
a nadie a quién tiene que votar cada cual; eso queda para la
conciencia de cada uno. De hecho, la mía me exige hacerlo y con un
mínimo de responsabilidad, aunque, visto lo vivido, también con un
poco de fe, todo hay que decirlo.
Hoy
sólo quiero recordar a la ciudadanía que en las elecciones, los
examinadores somos nosotros. Que empiecen a tomar buena nota del
rendimiento diario de los alumnos para que no sea la propaganda -que
sin duda harán en su día los medios de comunicación, pagada por
nuestros bolsillos o por los de los grandes intereses del capital- la
que decida quienes se sentarán en cada uno de los sillones de los
Parlamentos tras las próximas citas electorales.
Porque
necesitamos representando nuestros intereses y gestionando nuestro
dinero a los mejores, a quienes de verdad demuestren con cada acción
estar a la altura de lo que de ellos se espera y no a los que tengan
más medios o más habilidad para manejar las campañas electorales y
al electorado, por más que aprueben con notable ese último examen.
Aunque
también es verdad que habría que tener la opción de votar a
quienes se ofreciesen a cambiar las reglas del juego para que eso se
pueda lograr, porque, hoy en día, digan lo que digan, a los que
votamos, los eligen ellos. Y eso dista mucho de una democracia de
verdad. De este modo, tal vez, y sólo digo tal vez, podríamos
empezar a tener personas responsables en vez de Partidos Políticos y
Gobiernos política y socialmente, irresponsables.