domingo, 19 de enero de 2014

NO PODRÁN EVITARNOS

Recuerdo aquellos días de febrero del año 2012, apenas llegado al Gobierno el Partido Popular, cuando ya empezaba a vislumbrarse que todas aquellas promesas electorales habían servido, única y exclusivamente, para obtener el poder, para más “INRI” -entre estúpido castigo e incauta abstención- con mayoría absoluta.
Recuerdo mi pacífica expectación, respetuosa como me gusta ser de la democracia, sobre como transcurriría aquella legislatura que acababa de comenzar. El Partido Popular había ganado, eso era un hecho, y en sus manos estaba el Gobierno de España. Habían prometido no tocar pensiones, sanidad ni educación y se habían erigido en el partido de los trabajadores, merced a su supuesta milagrosa capacidad de crear puestos de trabajo y calidad de vida. Debía pues aparcar mis recelos -creyéndoles como les creía herederos del régimen dictatorial- y dejarles trabajar. Al fin y al cabo, lo importante era remontar la terrible crisis que cada día se cebaba más con los millones de parados que, por entonces, ya eran muchos más de los que un país desarrollado se podía permitir.
Fue entonces cuando se despertó la primavera valenciana.
Lejos quedan ya en la memoria de los españoles -que por lo demás ha demostrado ser débil y a corto plazo- aquellos días en que, quienes vivíamos en Valencia, pudimos experimentar en primera persona, cómo tenía pensado conseguir sus objetivos el Partido Popular. Y eso que, por entonces, aun no habíamos percibido con tanta claridad como lo hacemos hoy en día, quienes iban a ser los verdaderos beneficiarios y las verdaderas víctimas de sus manejos políticos y económicos. Lo intuíamos, eso sí es verdad.
Cuando empezaron en Valencia las protestas, porque para entonces la ruina del Pais Valenciano era ya evidente y palpable; cuando empezaron a salir de los cajones las facturas pendientes de pago, ocultadas por el ayuntamiento y el gobierno autonómico; cuando empezaba a caerse la fantasía que habían creado a base de grandes construcciones y fastuosos eventos; cuando las farmacias tuvieron que dejar de suministrar medicamentos que no podían pagar por la deuda que la Consejería de Sanidad tenía con ellos; cuando profesores y alumnos de los colegios públicos -esto es niños de “primaria” de entre 4 y 12 años, y de ESO, de entre 12 y 16- salieron a la calle en el Colegio Luis Vives para que la sociedad fuese consciente de la situación económica real de las arcas de la Comunidad Valenciana, la Delegada del Gobierno, Dª Paula Sánchez de León, vistió a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado con sus mejores galas (chalecos antibalas, cascos, escudos, porras e incluso pelotas de goma) y envió sus hordas a la puerta del Colegio para sofocar tamaña insurrección.
Cierto es que por unos días la sociedad valenciana se convirtió en una sola voz pidiendo la dimisión de aquel cargo público, nombrado por el Gobierno, por semejante estupidez (por no llamarlo abuso de autoridad o cualquier otro término más ajustado a Derecho, que seguro existe). Y cierto que de nada sirvió que durante días, la ciudadanía, especialmente la juventud, se lanzase a las calles a pedir justicia para los apaleados y detenidos, para que nunca más tales despropósitos pudieran volver a repetirse en un país que se decía Estado social y democrático, donde los ciudadanos tenían derecho a manifestar cuál era la realidad que estaban viviendo.
Tan cierto como que el 99% de las protestas fueron absolutamente pacíficas; tanto, que la policía terminó custodiando las manifestaciones con sus normales atuendos de gorras con visera, una vez toda la prensa internacional -todo hay que decirlo- estuvo encima y pendiente de lo que en aquella primavera valenciana, estaba sucediendo en España; tan cierto como que la televisión autonómica, en manos desde hacía años del Partido Popular, silenció, manipuló y tergiversó a su antojo, como reconocen ahora que ya ni existen; tan cierto como que las fallas lograron acabar con aquella cremá, en el momento en que empezaron a aparecer sobre las calles de Valencia las primeras luces, las primeras churrerías y los primeros ninots.
A aquella solidaria manifestación popular de rechazo a la violencia gubernamental, que fue la única violencia que hubo, siguieron sanciones y juicios, la mayoría de ellos sobreseídos, pues en aquel momento, en el que todavía parecía respirarse un respeto por los derechos de los ciudadanos y por la democracia en este país, el gobierno no tenía legitimidad para hacer lo que pretendió hacer: acabar por la fuerza con cualquier resquicio de oposición al régimen “mayoría-absolutista” que pretendía implantar en este país.
Pero no es fácil silenciar a la ciudadanía, menos cuanto más oprimida se siente y cuanto menos tiene que perder. Los acontecimientos que han tenido lugar durante estos dos años, sobra relatarlos: desde la lucha anti-desahucios pasando por la defensa de una sanidad pública que pretenden regalar y el derecho a la Educación sin intromisiones políticas ni interesadas, hasta los sucesos en Gamonal, todos son ejemplos, como lo son todas y cada una de las medidas que ha ido tomando este Gobierno, con poder legítimo absoluto, si obviamos las mentiras que dijeron y las verdades que ocultaron para conseguirlo.
De aquellos barros, estos lodos. Hoy es la Ley de Seguridad Ciudadana la que con su supremacía parlamentaria, fruto de leyes de representación injustas e interesadas, pretende legalizar lo que hasta ahora es ilegal. 
Poco importa si dentro de unos años las aguas vuelven a su cauce y otro Tribunal Constitucional acaba dictaminando que todas las leyes que este Gobierno está promulgando no son constitucionales -desde luego que de conformidad con el espíritu inicial de la Constitución, bajo mi humilde opinión, no lo son-, porque a ellos no les importa nuestro futuro, probablemente ni siquiera el suyo, sino su presente. Y este pasa por acallar a todo aquel que pretenda sacar a la luz las vergüenzas de quienes ostentan el poder político o económico, que desgraciadamente, cada día está más próximo a ser lo mismo.
A día de hoy, la mayor parte de las protestas sociales son pacíficas y en nuestro país han descendido los delitos, con excepción de los robos en domicilios y me apuesto un dedo meñique a que no entran en las casas que tienen sofisticados sistemas de seguridad, sino en aquellas a las que es más fácil acceder y donde apenas hay qué robar.
Y ahora pensad: ¿de verdad esta Ley de Seguridad está ideada para protegernos a la mayoría de los ciudadanos, a los humildes, a los verdaderos desprotegidos por este sistema?

Mucho me temo que no.


viernes, 3 de enero de 2014

SANTOS INOCENTES


Hace ya más de dos años que venimos asistiendo al espectáculo de Gobierno del Partido Popular.
Hasta la saciedad he repetido que respeto la ideología de cada cuál y que cada uno es muy libre de depositar en las urnas la papeleta que desee entre las muchas opciones y escasas alternativas. Sin embargo, hoy por hoy, no sólo me escandalizan las encuestas de intención de voto, sino que además, me entristecen sobre manera porque no entiendo nada de nada.
El bochorno de la más que probable financiación ilegal del Partido en el Gobierno o, simplemente, sospechosamente irregular, porque los delitos no parecen sacudir las altas instancias de poder sino únicamente al humilde e indefenso ciudadano de a pie; la más que presunta actuación irregular y fraudulenta de sus tesoreros desde su fundación, de la que por mucho que se empeñen en negar, no han sido ajenos ni sus sucesivos presidentes ni sus secretarios generales ni ninguno de los que, en las altas instancias del mismo, no sólo se repartían los puestos de mayor poder, sino los sobres para compensar tan ingrata y mal pagada tarea; la innumerable lista de casos abiertos por corrupción urbanística que pone en evidencia, más que palpable, el escaso sentido y sentimiento de servicio público que acompaña a un, más que considerable, elenco de políticos de ese partido, por mucho que ni sea el único ni en exclusiva se reserve el mérito de hacerlo en esta fauna constitucional en la que se han convertido nuestras instituciones; y a pesar de todo ello, nada parece haber calado en sus votantes.
Y me indigno.
No sólo por la farsa pre-electoral y post electoral de la que han hecho y hacen gala desde que se inició esta legislatura, fraude que promete prolongarse hasta el infinito y mucho más mientras sigan gobernado, a pesar de que no hayan sido sólo palabras que se ha llevado el viento sino que pueden constatarse fácilmente en horas y horas de grabaciones que reflejan, mucho más que errores o contradicciones, mentiras puras y duras.
No sólo porque hayan sumido a la mayoría de la población española en la pobreza y en la desprotección, con millones de familias sin ingresos; miles de desahuciados de sus hogares; cientos de miles de pensionistas empobrecidos repagando sus medicamentos; dependientes abandonados a su suerte; escuelas públicas esquilmadas en beneficio de las privadas y concertadas, sanidad medio vendida o medio regalada; servicios públicos entregados a la explotación de las grandes empresas con el consecuente, por más que lo disfracen, aumento de costes de los mismos, como comprobamos cada día con servicios que como el agua, el gas o la luz, las personas necesitan para subsistir con un mínimo de dignidad; subidas de impuestos en productos y suministros básicos, etc. etc; un empezar y no acabar, sin que la mayoría consiga ver la luz al final del túnel porque poca luz hay y con sus políticas cada día es más duro atravesarlo.
Y me exaspero.
Porque en el fondo, lo que más me preocupa de todo, es que frente a eso, frente a la traición a la ciudadanía que les votó con la esperanza de que velasen por sus intereses y la confianza en que cumplirían sus promesas electorales; frente al recorte no sólo de derechos básicos sino también de las más básicas libertades; frente a este gobierno de mayoría absoluta con el que la democracia ha pasado a estar sometida al poder absoluto del Partido Popular en el Parlamento; frente a la imposición sin diálogo, sin negociación y con absoluto desprecio al resto de los ciudadanos que depositaron su voto en las urnas confiando en un juego democrático que no ha pasado de resultar una farsa; frente al oportunismo para imponer medidas de carácter ideológico que nada tienen que ver con las necesidades sociales sino con otros intereses, incluidos los religiosos, machistas, discriminatorios y clasistas, que no llego a entender; aun muchos de ellos, sigan creyendo que merecen su confianza.
Y porque, a pesar de las muchas tropelías y errores cometidos; a pesar de la oposición de sectores tan importantes de la sociedad en asuntos tan fundamentales como la seguridad, la educación, la justicia, la sanidad; a pesar de la sombra de la duda de la corrupción sobre muchos de ellos; nadie debe dimitir ni tan siquiera ser sustituido (para cojones los míos), excepto los funcionarios que tienen a su cargo velar para que la Administración cumpla el papel social que la Constitución le otorgó y no se convierta en un mero instrumento del ejecutivo para esconder sus abusos de poder y servir a los intereses del partido en el Gobierno, sea este del signo que sea. Y a pesar de todo, las encuestas de intención de voto, les siguen otorgando la mayoría.
Para ser sincera, me queda la esperanza de dudar de si esto será verdad u otra burda mentira.
Me pareció curiosa la fecha elegida para las elecciones generales de 2011: el 20 de noviembre, onomástica de la muerte del dictador. Ahora, mirando hacia atrás y observando lo que han conseguido en estos dos años de gobierno, no me sorprende en absoluto, pues más pareciera un punto y seguido a aquel día de 1975 en que el todos pensamos que habíamos recuperado la soberanía y la dignidad ciudadana, que una etapa más de la democracia de la que ya empezábamos a creernos protagonistas.
Y por eso, no me sorprendería en absoluto que, para mayor escarnio, la próxima cita electoral, sea un día 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes.



viernes, 20 de diciembre de 2013

LA CAJITA DE METACRILATO

Lo veo allí cada mañana cuando me dirijo a mi trabajo. Antes no estaba. Lleva haciéndolo, aproximadamente, desde septiembre.
Me llamó la atención su vestimenta: gorra, pantalón de paño, camisa y chaqueta de punto; limpio, podría decir que prácticamente impecable. Me recordó a la indumentaria que solían vestir, primero mi abuelo y después mi padre; personas honradas que a fuerza de mucho trabajo y poco descanso, por dar a sus descendientes una mejor vida que la que ellos tuvieron, consiguieron alzarse al nivel de familia de las que vinieron en llamar “clases medias” en este país.
No sabría adivinar su edad pero, en un alarde de imaginación, calculo que ya debió cumplir los ochenta, aunque también podrían ser muchos menos porque cuando la vida azota, la lozanía cae a plomo.
Está sentado en una silla de campo que baja de casa y, con una pequeña caja de metacrilato entre sus cansadas manos, pide.
Bueno, decir que pide, es mucho decir porque ni hay cartel que así lo indique ni él dice nunca nada. Tan sólo, cuando alguien echa alguna que otra moneda en su cajita, da las gracias; nunca una sola vez, siempre varias; que no quede ninguna duda de que lo agradece de corazón. Y es entonces, y sólo entonces, cuando esboza una débil sonrisa.
Se coloca en la confluencia de una pequeña calle por la que apenas circulan vehículos y una avenida principal de mucho trafico, justo al lado del semáforo que atraviesa esta. Cruzar esa avenida me deja el tiempo suficiente para rebuscar en el bolso mi pequeño monedero y sacar las monedas sueltas que llevo.
El rito es prácticamente diario desde hace casi tres meses.
Siempre voy deprisa y nunca tengo tiempo de hablar con él, de que me cuente cómo de mal le ha tratado la vida; por qué necesita dinero; de qué otra forma podría ayudarle.
Pero lo cierto es que ni yo necesito saberlo (porque llevo 10 años haciendo el mismo recorrido y jamás le vi) ni creo que pudiera ayudar a tanta gente como lo necesita hoy en día; de la misma forma que intuyo que no ha sido la vida la que le ha tratado mal; con la misma certeza de saber lo injustas que están siendo, con tantos mayores y con tantos humildes como él, las leyes con las que nos gobiernan. A veces creo que quienes aprueban esas leyes (y tal vez merced a sus votos) o no han tenido padres o no han conocido de cerca la pobreza y, esto último, seguro que es así.
Un frío día, tras depositar las monedas, darle los buenos días y recibir su agradecida sonrisa, se me acercó un joven que llevaba a su hija al Colegio. Aquel joven, vecino del barrio, me dijo que el anciano sólo estaba allí un rato y que, tan pronto se hacía con un pequeño capital, se acercaba al Mercadona, hacía la compra y se iba a casa.
¡Que gran ironía! Yo que no compro en Mercadona para no hacer más rico a quien amasa tan inmensa fortuna y resulta que el dinero con el que intento ayudar a quienes creo que no son sino víctimas del mismo sistema que a aquel enriquece, acaba engrosando sus beneficios. De igual forma sucede en muchas de las compras que las personas de a pie hacen para donar a los comedores sociales.
Me pregunto si no hay otra manera de organizar la producción, la venta y el consumo y sé que sí, pero que no interesa a quienes gustan de acaparar toda la riqueza y manejar todos los hilos.
Pero en fin, esto, como tanto, son cosas de este sistema que permite que sean los mismos quienes obtengan beneficio de todo, hasta de la caridad.
Y sí, digo caridad porque cada día es más necesaria la caridad; porque este sistema no es justo; porque en un sistema que es justo y donde hay igualdad y justicia, sobra la caridad.
Y todo porque no queremos ser conscientes de que un Estado que no protege a todos sus ancianos, a todos sus niños, donde las personas que no tienen acceso a la supervivencia, no reciben amparo, es un Estado fracasado.
Porque, en un sistema que puede conspirar para que los Estados enriquezcan a los poderosos y dejen en la miseria a la mayoría de los ciudadanos que votan y eligen representantes para que velen por sus intereses, hay muchas cosas que cambiar.
Porque cuando los ciudadanos, a pesar de ver todo lo que está mal, se limitan a esperar a las próximas elecciones para poder cambiar un gobierno por otro, sin exigirles ni un ápice de responsabilidad durante la legislatura, sin importarles que unos y otros sirvan a los mismos intereses, se convierten en cómplices de que esta sea una sociedad injusta a la que la caridad, no va a salvar.
En esta época en la que todos nos llenamos la boca de palabras como paz, amor y felicidad, creo que deberíamos reflexionar un poco. Y no penséis que con esto quiero hacer un llamamiento al espíritu navideño, sobre todo porque no creo en él. 
Porque creo que, hoy en día, la Navidad se ha convertido en una farsa más de este sistema, una de las más absurdas e hipócritas (mirad sino como se derrocha en luz con el dinero público mientras muchos no pueden ni calentar sus hogares); en una ilusión que alienta una pasajera y supuesta felicidad para disfrazar su verdadera cara: la cara de los mismos intereses económicos a los que alimenta incitando al consumo, un consumo que es ya tan global como el propio neoliberalismo que cada día enriquece más a los que ya son de por sí los más ricos, aquí y en cada rincón del planeta; un teatro que contribuye a perpetuar los ritos y los intereses de una religión cristiana, a la que no parece importarle que el mundo siga lleno de pesebres, en el más amplio sentido de la palabra.
Porque ni siquiera los que creen en ese Niño Dios, Hijo de Dios, son conscientes de que aquel hombre vino a traer a este mundo un ejemplo de vida del que se proclaman seguidores pero que muy pocos siguen. Porque creo que cada pobre que sufre en este mundo, es un clavo con el que ese niño, cuya natividad teóricamente celebran, sigue muriendo en aquella cruz.
Sólo así se puede entender que habiendo tantos que se dicen cristianos, después de veinte siglos, este no sea un mundo más justo y mejor; un mundo como, sin duda, aquel hombre soñó. Porque de nada sirve predicar, si no es con el ejemplo y ese ejemplo, en muchos de los casos, es más una vergüenza si no una traición. Ganas me dan de llorar cuando pienso cuantas leyes sobrarían si todos respetásemos aquellos “Diez mandamientos” que ni siquiera los moralmente obligados por su religión, están dispuestos a cumplir.
Como siempre, no pretendo estar en posesión de la verdad ni de la razón.
En realidad, como siempre, mis opiniones no aspiran a ser más que una llamada de atención a todo lo que le está pasando a esta sociedad que se empeña en mirar siempre para otro lado.
Sólo espero que trabajemos todos unidos, todos las personas que tenemos buenos sentimientos, para que esos políticos, que dicen representarnos, sepan que no estamos dispuestos a tolerar que se llenen las calles de colas de personas con cajitas de metacrilato (o, lo que es peor, que sufran en silencio y soledad su miseria) mientras ellos siguen legislando para que el grueso de la riqueza, lo detente una minoría de miserables sin corazón.




sábado, 23 de noviembre de 2013

REÍR O LLORAR

Hay veces en que una no sabe si reír o llorar.

Últimamente, parece que la tendencia de nuestros “ilustres” Gobiernos es castigar todos nuestros -según ellos- reprobables comportamientos, con sanciones económicas que en muchos casos pueden resultar manifiestamente injustas e improductivas, salvo que el objetivo sea recaudar.
Pongamos algunos ejemplos. Bueno, pongamos los más sencillos para que todos nos podamos entender.
Dos vehículos circulan por una Auto-vía a más velocidad de la permitida. Pongamos que tampoco a una velocidad demasiado excesiva pero lo suficiente como para ser, según nuestra legislación, objeto de sanción. Ambos son captados por el radar y sancionados, digamos con 200 euros de multa.
Las fotografías nos muestran dos matrículas y el radar certifica que quienes conducían ambos vehículos han cometido la misma infracción; ambos son igualmente penalizados con tener que desembolsar idéntica cantidad. Hasta ahí parece haber justicia e igualdad.
Sin embargo, imaginemos dos circunstancias distintas.
Al volante del primer vehículo (por ejemplo, un utilitario), un parado de larga duración acude a una entrevista de trabajo. Por unos u otros motivos, llega tarde y decide que tiene que pisar un poquito el acelerador a fin de estar a la hora en que ha sido citado; de lo contrario, perderá la oportunidad de poder conseguir el ansiado puesto de trabajo que tanto necesita para sustento de su familia, ya que, con los, aproximadamente, 400 euros de prestación por desempleo a punto de agotarse y tras haber consumido ya todos sus ahorros, pronto se verá abocado a perder incluso su vivienda.
Al volante del segundo vehículo (por ejemplo, de alta gama), un joven de una de esas que se viene en llamar “buena familia” (familias con un “muy” alto nivel adquisitivo), acude a un concierto de uno de sus cantantes favoritos y tiene reservada habitación en el Hotel para, de paso, disfrutar el fin de semana en la ciudad, hacer un poco de turismo y recorrer sus monumentos más significativos, sus restaurantes más prestigiosos y sus locales más de moda. Ha quedado con unos amigos con los que estudió en Nueva York y no ve la hora de encontrarse con ellos, por lo que la prisa por llegar le anima a pisar un poco más el acelerador.
Creo que no hace falta que os diga cual es el efecto sancionador o disuasivo que, en uno y en otro ciudadano, produciría la citada multa de 200 €. Por lo que a mi respecta, no quiero ni pensar en que la vida me hubiese reservado o me reserve el lugar del primero, porque está claro que el del segundo, no me lo reservó.

Ahora viene cuando me dan ganas de reír.

Porque no sabemos si nuestros políticos han ido a colegios públicos o privados, eso nos da igual, pero, ¿en qué cabeza cabe que castigar con multas económicas el hecho de rebuscar en los contenedores de basura o a quienes se ven obligados a dormir en la calle, responda a algún tipo de lógica? ¿Os imagináis a alguien que tenga un mínimo poder adquisitivo, con capacidad para pagar una sanción económica, buscando en los contenedores de basura? Yo debo ser muy rara pero no me lo puedo imaginar (síndrome de Diógenes aparte). Y si no van a poder pagar esa sanción económica ¿qué sentido tiene que se la impongan? Y si no tienen nada para comer o no tienen nada que llevar a su casa para que coma su familia, ¿van a dejar de intentar encontrar comida en los contenedores a sabiendas de que les van a imponer una sanción económica que nunca podrán pagar? 

Trasládese esto a quienes van a ser multados con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana (muchos de los cuáles, por otro lado, han sido y están siendo multados ya). ¿Os imagináis al joven que conducía el segundo vehículo saliendo a manifestarse por algo? Entonces, ¿a quién, o a quienes, pretenden persuadir o disuadir? ¿Qué es lo que con las sanciones económicas quieren conseguir?
Desde mi humilde punto de vista, quienes no tienen con qué pagar las sanciones que les impongan, auténticas víctimas, seguirán actuando de la misma manera porque están ya fuera de este maravilloso sistema que les ha expulsado; seguirán manifestando, protestando y reclamando, con los medios que sean, que las cosas, de una vez por todas, cambien. Y esperemos que su propia conciencia no les lleve por otros delictivos derroteros que la mayoría de nosotros no quisiéramos vivir ni en la mejor de nuestras pesadillas.
Quienes tenemos todavía algo de conciencia y una cierta capacidad económica para subsistir en este país, nos veremos en la coyuntura de decidir si tenemos también el suficiente valor como para poner en riesgo esa supervivencia o bien optamos por callar, quedarnos en casa y esperar, con los brazos cruzados, a que las cosas caigan por su propio peso; cosa que difícilmente sucederá o peso que nos aplastará, pues, cada día, el cerco de nuestra autonomía de pensamiento y de nuestra capacidad económica y de ejercicio de nuestros -cada vez menos- derechos y soberanía, se aleja más y más. Porque hay que preguntarse CÓMO la mayoría de nosotros podríamos hacer frente a una sanción de 30.000 euros, por ejemplo, (no os digo nada si pensásemos en 600.000) y si tendríamos los suficientes medios como para luchar contra ella, en el caso de que considerásemos que su imposición es injusta o incluso ilegal.
Todo ello sin dejar de ser conscientes de que las manifestaciones autorizadas, no pasan de ser meras procesiones, ya que, a estas alturas, hemos comprobado sobradamente que ninguna de nuestras legales y reglamentadas formas de manifestación afectará a los objetivos que nuestros “ilustres” se marquen. No os digo nada el futuro que nos espera si somos conscientes de que el próximo acoso, la próxima valla de su cerco, apunta al ejercicio del derecho de huelga. Me pregunto dónde quedó el espíritu de la Constitución.
No sé si podremos evitar que lleven a cabo este nuevo ataque a nuestra soberanía y a nuestra capacidad de mostrar nuestra oposición con las políticas que están llevando a cabo en contra de nuestros intereses sociales; no lo harán, por supuesto, con mi conformidad, no sin mi oposición, aun no sé muy bien desde que frente; no, desde luego, creyendo, inocentemente, que lo hacen por nuestra seguridad.
¿Por la seguridad de quién? ¿Acaso hemos hecho algún mal a nuestros conciudadanos en estos dos o más largos años de protestas? ¿Acaso preparan "medidas" contra las que esperan que no nos quede más remedio que actuar?
Hasta ahora, en todo caso y como mucho, lo que podríamos haber puesto en peligro son "sus" privilegios o "su" soberanía (que no es suya, sino nuestra, según la Constitución) y, en todo caso, desde luego, no hemos hecho, a la mayoría absoluta de la sociedad, más mal que el que, con "sus" políticas neoliberales, protectoras de los grandes capitales y "sus" intereses, hemos recibido.
Ahora bien, cuando leo en las noticias que Hacienda no ve delito fiscal en que la Fundación NOOS, haya evadido 280.000 euros en 4 años, porque sólo existe delito fiscal si se defraudan más de 120.000 euros al año; cuando me pregunto quien puede defraudar a Hacienda más de 120.000 € en un solo año; es entonces cuando pienso en el conductor del primer vehículo y en el pobre desgraciado que tiene que rebuscar en los contenedores de basura para poder comer. 

Y es, entonces, cuando me entran unas incontenibles ganas de llorar. 




viernes, 25 de octubre de 2013

REVÁLIDA

A veces es difícil entender para qué, y para qué no, hay dinero en este país.
El otro día oí que en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2014, se incluye ampliar la dotación a los Partidos Políticos.
Al principio, me eché las manos a la cabeza pensando lo que siempre se piensa en estos casos: “para ellos, sí hay dinero”, mas no tarde en conocer que tal circunstancia, no era simplemente una vergüenza, sino que había una causa justificada para ello.
El motivo es que el próximo año, hay elecciones. Y claro, a los efectos de financiar –imagino- las campañas electorales, se aumenta el presupuesto (subvención, mamandurria) destinado a tal fin.
Automáticamente se me cruzaron los cables.
Soy incapaz de entender, si no hay dinero, de qué sirve hacer otra campaña política cuando la resaca de las últimas elecciones todavía nos produce dolores de cabeza; cuando llevamos dos años pendientes de las declaraciones de los políticos en unos y otros frentes, desde los medios de comunicación hasta el Parlamento; cuando estamos cansados de oírles echarse en cara lo de: “y tú más”; cuando estamos hartos de saber y de sufrir lo que el Presidente del Gobierno entiende que Dios manda hacer para salir de la crisis en este país. Porque lo está haciendo pese a ser lo que dijo que no haría durante la campaña electoral, una campaña de propaganda de la que salió una mayoría absoluta parlamentaria –que no ciudadana- con la que el PP impone ahora su ley, al margen de lo que opine o defienda la gran mayoría de la oposición.
Por la misma regla de tres, hemos podido presenciar -y seguimos presenciando- lo que el PSOE no habría hecho de haber salir elegido, por lo que deberíamos saber igualmente qué es lo que haría de salir elegido de nuevo, sea para la Instancia que sea, tanto da un Ayuntamiento, una Comunidad Autónoma o el mismísimo Parlamento Europeo. Y por eso ya deberíamos igualmente saber que, si mientras gobernaba hubiese hecho lo que ahora dice que haría o habría hecho, tal vez no se encontraría cómodamente en la oposición, esperando salir triunfante de los dislates y corrupciones de aquellos a los que ahora y siempre se opuso.
A estas alturas ya deberíamos entender quiénes son los que se han alternado en el poder durante más de 30 años y que son los mismos que se han unido, si ha sido menester, en lo que a mantener sus privilegios se refiere. Y que, unos y otros, navegan a favor de la corriente neoliberal que avanza cada día, cuál ejército de Atila, sobre los derechos y las necesidades de los ciudadanos, especialmente de los que no proceden de las clases y estirpes más acomodadas y privilegiadas. Y deberíamos saber ya a estas alturas, quienes, con más o menos disimulo, se unirán a sus huestes a la hora de votar.
También hemos visto cuál es el objetivo de determinados partidos nacionalistas que, amén de serlo al unísono para reivindicar independencia o más autonomía, perfilan para sus conciudadanos y votantes una proyección de vida y de derechos acorde con otros intereses, sobre todo económicos, que probablemente poco o nada tienen que ver con el sentimiento de pertenencia a ningún lugar.
De la misma manera que hemos podido presenciar como los partidos minoritarios han sido un cero a la izquierda, por no decir que han sido humillados en muchos de los casos en los que han tenido ocasión de subir a la palestra, con el consiguiente desprecio a aquellos que depositaron en ellos su confianza en las mismas urnas y, supuestamente, con los mismos derechos, que quienes votaron al PSOE o al PP.
En fin, que no entendía qué necesidad había de gastar más dinero en campañas políticas, cuando la mayoría deberíamos saber bien de qué pie cojea cada uno a día de hoy.
Más, otra vez me pudo la inocencia.
Por un momento no tuve en cuenta que la realidad es otra bien diferente.
La realidad es que la intención de voto, como los propios resultados electorales, poco o nada tienen que ver con la capacidad de convencer de los partidos políticos, sino con su capacidad de engañar y de manipular. Y para ello, se aprovechan de que la memoria de los ciudadanos es muy corta. Y por eso, las campañas electorales y el mayor desembolso económico en ellas, tiene la máxima importancia.
Por otra parte, debe ser muy justo pagar más a quien más votos obtuvo en las últimas elecciones y también que lo paguemos los ciudadanos porque de lo contrario, los partidos más minoritarios no podrían competir en publicidad y propaganda con los partidos de los grandes intereses. Sin embargo, a mí, personalmente, no deja de parecerme otra pequeña farsa. ¡Cómo si los Partidos minoritarios pudiesen competir en algo!, máxime si la competencia tiene que estar supeditada a la proporcionalidad de las subvenciones o al reparto de escaños que dibuja la actual ley electoral.
Tengo la impresión de que en cada nueva elección, como en la nueva Ley de Wert, nuestros Partidos Políticos pasan en las urnas un examen de reválida. Me temo que atrás queda el trabajo o el esfuerzo que los alumnos hayan hecho durante el último periodo legislativo; atrás las vergüenzas, la corrupción y las mentiras. Los aspirantes a representarnos, preparan a conciencia el último examen e intentan sacar la mejor nota sin importar si lo han de conseguir copiando o estudiando con los apuntes de algún compañero más aplicado, si habrán de pagar a los mejores profesores para preparar el examen o si han de intentar incluso engañar al Tribunal, de considerarlo posible y necesario, para obtener los mejores resultados.
Con esto no quiero decir que no haya que votar ni tampoco pretendo decir a nadie a quién tiene que votar cada cual; eso queda para la conciencia de cada uno. De hecho, la mía me exige hacerlo y con un mínimo de responsabilidad, aunque, visto lo vivido, también con un poco de fe, todo hay que decirlo.
Hoy sólo quiero recordar a la ciudadanía que en las elecciones, los examinadores somos nosotros. Que empiecen a tomar buena nota del rendimiento diario de los alumnos para que no sea la propaganda -que sin duda harán en su día los medios de comunicación, pagada por nuestros bolsillos o por los de los grandes intereses del capital- la que decida quienes se sentarán en cada uno de los sillones de los Parlamentos tras las próximas citas electorales.
Porque necesitamos representando nuestros intereses y gestionando nuestro dinero a los mejores, a quienes de verdad demuestren con cada acción estar a la altura de lo que de ellos se espera y no a los que tengan más medios o más habilidad para manejar las campañas electorales y al electorado, por más que aprueben con notable ese último examen.

Aunque también es verdad que habría que tener la opción de votar a quienes se ofreciesen a cambiar las reglas del juego para que eso se pueda lograr, porque, hoy en día, digan lo que digan, a los que votamos, los eligen ellos. Y eso dista mucho de una democracia de verdad. De este modo, tal vez, y sólo digo tal vez, podríamos empezar a tener personas responsables en vez de Partidos Políticos y Gobiernos política y socialmente, irresponsables.


domingo, 29 de septiembre de 2013

¿SOMOS CONSCIENTES DE A QUIEN DAMOS EL PODER?

Me siento hoy a escribir, más por necesidad de hacerlo que por que tenga nada nuevo que contar; más por el deseo de encontrar en mis propias palabras la fuerza que siento me falta, que por transmitir ánimo para luchar; más por intentar encontrar una luz a la que seguir en mi camino, que para iluminar un camino que seguir. Más para poder entender, que para lograr explicar.
Porque miro a mi alrededor y no entiendo nada.
Veo gente que parece entenderlo todo, saber todo lo que pasa y también las razones por las que pasa y, ¡cómo no!, lo que habría que hacer para que nada de todo lo malo que pasa, estuviera pasando. Claro está que es en la televisión donde lo veo porque a mi alrededor, solo veo gente tan desorientada o más que yo, pero que, al contrario que yo, se limita a esperar la solución mientras se entretiene viendo la tele.
Quienes me conocéis sabéis que mis armas no son mi preparación, así que me limito a observar, asombrada, que en este universo, pasa de todo pero nada cambia.
Bueno, a decir verdad, lo que creo que en nada cambia son las estructuras y los valores que deberían empujar a esta sociedad hacia un horizonte más justo y mejor, porque lo que es las vidas de las personas humildes de este mundo, eso sí que está cambiando; camina a pasos agigantados hacia un futuro más incierto, más difícil, más duro, más inhumano, más injusto y sobre todo, y lo que es peor, más individualista y egoísta. Pareciera que caminamos hacia atrás.
Pero lo que más desasosiego me causa es no saber cuál es la realidad, la verdad de todo lo que está sucediendo y por qué.
Yo, como la mayoría de vosotros, supongo, tengo muy poco contacto con una realidad que vaya más allá de mi corta familia, mi entorno laboral y escasas relaciones de vecindad, por lo que la mayoría del conocimiento de cómo la gente vive este presente, me llega a través de la Prensa y de la Televisión. Sí, también está internet pero, mal que me pese, no veo en ambos medios de comunicación grandes diferencias, salvo que este último te permite interactuar. Y también es cierto que una gran parte de nuestra sociedad, todavía no accede a ello.
En la Televisión elijo aquellos programas y contenidos más acordes a mi forma de entender la vida y la sociedad porque de lo contrario, no lo podría soportar. En tweeter sigo y, por la misma regla de tres, me siguen aquellos que piensan y entienden muchas de las circunstancias que nos rodean de la misma forma que las siento yo. También he de decir que los hay que me siguen desde el lado contrario a mi perspectiva y que yo también les sigo para intentar entender la suya. De igual manera que, de vez en cuando, busco en la tele la antítesis a lo que considero mi naturaleza, razón por la que sé que existe y que, si existe, es porque muchos millones de personas eligen a diario esa programación. Pero eso, no me acerca a la verdad.
Soy muy crítica con la “caja tonta” que de tonta, no tiene un pelo. Mucho más crítica que con tweeter porque en la televisión -al contrario que en tweeter que es mas un río revuelto- todo son habas contadas. Pocos “Medios” y con los mismos fines: beneficio económico. Y para más “inri”, la mayoría de ellos en manos de los mismos benefactores: los mismos dueños, la misma publicidad, que les subvenciona y decide lo que importa y lo que no, y la misma manipulación para que a ninguno de los que forman parte o sacan provecho de ese inmenso y poderoso grupo social (aunque pequeñito comparado con el nuestro) se le venga abajo su chiringuito.
¿Y en qué consiste su chiringuito? Vivir con un estatus económico años luz del de la mayoría de los mortales que les ven (y otros muchos a quienes no vemos, que sin duda, son los que manejan los hilos), por más que pretendan hacernos creer que saben y les importa cómo puede sobrevivir en este país, a día de hoy, una familia con 1000 euros (ya no te cuento si son 400 o 0).
¿Y cómo lo consiguen? ¿con el sudor de su frente? ¡No!, Por más que muchos de ellos trabajen -que no digo yo que no lo hagan- lo logran con la manipulación de quienes cada día encendemos el botón con el fin de asomarnos a una ventana que nos desconecte de la rutina y de la miseria en que se ha convertido nuestra organizada vida en sociedad. Especialmente de quienes, al carecer de poder adquisitivo que les permita gozar de las maravillas artificiales que han creado para el ocio, no tienen otra forma de estar en contacto con ellas que verlas a través del plasma. Porque eso sí, hasta en los hogares más miserables del Planeta, hay una televisión.
Y claro, como nos hacen creer que somos libres para elegir, creemos que seleccionando ver películas en vez de informativos o deportes en vez de determinadas series aparentemente sin sustancia o determinada cadena en vez de otra, nos sentimos a salvo de la manipulación. Pero yo creo que lo que consiguen es que no nos demos cuenta de que con todos y cada uno de los contenidos que eligen para nuestro ocio, logran el mismo objetivo: crearnos la realidad que, a quienes tienen en su poder la mayor parte del capital mundial, les interesa que creamos.
Pero yo, personalmente, no me lo trago. Y busco en cada programa; en cada informativo; en cada publicidad; en cada “personaje”; en cada serie; en cada espectáculo; cual es el interés que pueden perseguir, con el fin de intentar así conocer qué es y no verdad de lo que parece estar sucediendo en este planeta.
Sería estúpido decir que creo saber en cada momento cuál es su objetivo, nada más lejos de la realidad, ni siquiera creo que muchos de los que participan en este circo mundial lo sepan, pero, como en todo proyecto con un objetivo premeditado, nada puede ser casual, hay pautas que se repiten y dan pistas de por dónde pueden ir los tiros.
¿Habéis observado que, desde hace unos años, cada cierto tiempo aparece un caso de cruel asesinato, con unos determinados ingredientes, que se alargan en el tiempo hasta que no se pueden exprimir más? Y, apenas termina uno, surge otro. Sucesos que llenan miles de horas de programación, llenos de mentiras, especulaciones, víctimas y culpables. Y lo más triste de todo es que el origen está en la realidad.
Desde las niñas de Alcácer, Rocío Wanninkhof, Sandra Palo, Mari Sol, Marta del Castillo, el caso Bretón y ahora la pequeña Asunta, llenan horas y horas de programación que concentran la indignación y el deseo de justicia en unos cuantos asesinos y el deseo de reparación en unas cuantas víctimas. Cierto es que entre unos y otros casos suceden muchas otras barbaridades que tienen trascendencia o no, dependiendo de la cobertura que se les de desde los medios de comunicación. Pero mi intuición me dice que sólo parece interesarles, de cuando en cuando, que uno de ellos salte a la palestra. Lo mismo sucede con determinados conflictos sociales y con determinadas guerras o teóricos enemigos. Lo que sí es cierto es que mientras condenamos estos asesinatos, mientras identificamos a éstos individuos con la delincuencia o con el terrorismo, no nos entretenemos en analizar cuantos niños, ancianos, inmigrantes, excluidos, mueren a manos de quienes deciden invertir el dinero que entre todos aportamos a las arcas públicas en construir, por ejemplo, grandes infraestructuras para eventos deportivos, musicales, culturales, etc. etc., los que, por otra parte, la mayoría de nosotros, con nuestros míseros sueldos, no llegaremos a presenciar sino a través del plasma mientras sus gradas se llenan de esos otros que hacen de nuestras vidas su negocio.
Y nosotros aplaudimos a unos y condenamos a otros al grito que los tertulianos y periodistas nos marcan a través de la televisión. Mientras unos hechos los muestran como auténticas aberraciones (que lo son), otros pasan desapercibidos como si formasen parte de la normalidad de la sociedad cuando, si lo mirásemos bien, esto, en sí mismo, ya debería parecernos una aberración.
Hoy no me voy a meter con el fútbol, no me cabe. Pero no sé que pensar cuando veo gente coreando a Messi (en vez de reprobarle) al salir de declarar por haber estafado millones de euros al erario público de los muchísimos más millones que gana. Seguro que a la mayoría de los que le idolatran, no se les ocurra pensar cuantos enfermos se podrían curar y a cuantos niños se podría alimentar con el dinero que mueve todo ese mercado. Seguro que muchos de todos estos mercaderes sí que deben dinero a las arcas públicas y eso a pesar, no me cabe duda, de que evaden, estafan y escatiman legalmente en la medida que la globalización les permite. Y todo ello sin que a la mayoría "forofa" de este país y de este mundo parezca importarle, como si el fútbol estuviera por encima del bien y del mal. Por no hablar de la forma en que, aquellos que pagan una pequeña cantidad como socios del club, acosaron y exigieron responsabilidad, esfuerzo y resultados a los futbolistas del Valencia porque entendían que se habían relajado, mientras, permiten que sus gobernantes no tengan que rendir ninguna cuenta por la malversación de fondos públicos.
Lo siento, no he podido evitarlo.
Y sin embargo, en un país asfixiado por los recortes; las subidas de los impuestos; la cesta de la compra o los recibos de la luz, la ciudadanía, harta de escuchar la forma en la que se roba el dinero público y se reparte entre los “amiguetes” (eso sí, todo legalmente o difícilmente demostrable ante un juez o con nimias consecuencias en el mejor de los casos) y aun “supuestamente” indignada por ello -como también pretenden hacernos ver los medios de comunicación, cuando les interesa-, sigue siendo una mayoría silenciosa que, a pesar de ser las víctimas, tan sólo consigue unirse frente a un televisor a aplaudir lo grandes que son sus ídolos, lo majestuosas que son sus casas, las maravillas de los países que visitan, lo exclusivo de los menús que comen, los fantásticos hoteles y playas en los que disfrutan del dinero que ganan a costa de nuestra pleitesía, eso sí, con el norte puesto en ser un día como ellos.
Ya pocos ciudadanos parecen aspirar a ser buenos periodistas; buenos cantantes; buenos actores; buenos políticos; buenos deportistas; buenos escritores... sin el sueño de convertirse en multimillonarios. Para el resto que aspira a ser buen trabajador, buen amigo, buen vecino, hijo o hermano; buena persona, una persona feliz..., queda la primitiva.
Pocos no sueñan con poder gozar de esa realidad que nos muestran a través de un plasma y que muchos de nosotros, por eso, y sólo por eso, sabemos que existe.
La mayoría de nosotros, personas normales, somos incapaces de pensar si no será, precisamente, esa realidad -esa escandalosa forma de vida a la que sólo tienen acceso aquellos y otros pocos que, por unos u otros motivos, han alcanzado la élite- la culpable del sufrimiento de millones de miserables de esta sociedad a los que, en el mejor de los casos, un día se les permitió hipotecarse para tener una vivienda humilde, un coche humilde, disfrutar de vacaciones humildes, trabajar con una mínima dignidad y recibir una educación y una asistencia sanitaria básicas. Y todo ello para al final terminar siendo, según ellos, los culpables y los responsables de que ahora se viva una crisis económica que, por otra parte, a aquellos que nos culpan, no solo no les afecta, sino que, por el contrario, les proporciona un nuevo medio para obtener mayores beneficios que les alejen aun más del común de los mortales. Y tal vez por eso hoy, ese común, está renunciando a todos sus derechos y agachando la cabeza mientras aplaude a sus ídolos, sus dioses. Y, tal vez, por eso dicen hoy, que hemos tocado fondo. Ese fondo del que el 90% de nosotros, no saldremos jamás.
Nos muestran que el sistema está creado para el disfrute descarado de los ricos, nos hacen creer que podemos ser como ellos, nos distraen mostrándonos que algunos de los nuestros lo consiguieron y en lo más profundo de nuestro ser, nosotros seguimos deseándolo desde las listas del paro; desde las rebajas y las congelaciones salariales; desde la falta de oportunidades de nuestros hijos para poder estudiar y lograr prosperar como aun pudimos creer que habíamos hecho algunos de nosotros; desde el terror a contraer una grave enfermedad y no disponer de los medios necesarios para luchar contra ella; desde el miedo a perder nuestro trabajo y no poder afrontar el pago de nuestras hipotecas; desde la inseguridad de que mañana seas tu quien con tu miserable pensión, tengas que mantener a tus hijos y nietos hasta el día que te mueras con el único consuelo de que no desearán que eso suceda porque se quedarían en la calle; desde la esperanza de conseguir un puesto de trabajo en condiciones miserables de explotación, sin derechos y sin seguridad de que te vaya a durar más de lo que a ellos les dure el beneficio fiscal que obtengan por contratarte a ti y no a un joven, o viceversa.
Mientras, ellos seguirán repartiéndose los puestos de trabajo de élite en sus empresas de élite y como aun les parece poco, los de asesores en la Administración o los de políticos legitimados por las urnas con nuestros votos. Seguirán colocando a sus hijos en las empresas de sus amigos y seguirán siendo quienes nos gobiernen por los siglos de los siglos porque ellos serán los que tendrán la preparación, los masters, hasta las carreras universitarias, porque cada vez, para nosotros será más difícil. Ellos seguirán manejando los medios de comunicación porque en definitiva, es a ellos a quienes les otorgamos el poder.
Y sus hijos serán los principales candidatos a ser los mejores cantantes, los mejores músicos, los mejores actores, los mejores futbolistas, los mejores políticos, los mejores empresarios, los mejores periodistas, los mejores presentadores,los mejores deportistas y hasta los mejores reyes. Para los demás, quedan los concursos en la televisión.
Ya lo hacen, siempre lo han hecho y de no poner freno social a esto, lo harán para siempre.
Está claro que la sutil forma en que nos manipulan, no está a la simple vista de cualquiera pero como considero que es importante que nos demos cuenta de que la televisión no está concebida con el fin de entretenernos, sino con el de adiestrarnos en la forma en que nos necesitan, escribo hoy esta entrada, como siempre, para hacer pensar y observar desde una óptica crítica y constructiva.




viernes, 9 de agosto de 2013

ULCERA SANGRANTE


Lo cierto es que cada vez entiendo menos y alucino más.
En la era de las comunicaciones, soy incapaz de entender que el Presidente del Gobierno tenga que desplazarse a Mallorca a despachar con el Jefe del Estado asuntos que, a buen seguro, podrían haber hablado por teléfono o si me apuras, y por aquello de verse las caras, por videoconferencia. Pero haciendo un gran alarde de comprensión, voy a intentar entender que lo hacen por aquello del contacto personal y de que, dado el periodo estival en que nos encontramos, las cuestiones de Estado puedan resultar más lúdicas.
También es verdad que mucho menos entiendo que el Rey tenga que hacer una cena de gala a las autoridades de Mallorca y todo porque, de un tiempo acá, una cada día tiene más conciencia de que, por unas cosas o por otras, de una o de otra manera, al final somos los ciudadanos los que acabamos pagándolo todo.
Pero bueno, no es esa la cuestión por la que en este momento me he sentido obligada a tener que hacer una entrada, una vez más, para cuestionar qué coño es lo que está pasando últimamente en este país. Despilfarros como ese ha habido siempre y parece que, efectivamente, siempre hay gastos absurdos para los que sí hay dinero, incluso en tiempos de crisis en los que muchos, se irán a la cama sin ni siquiera poder cenar.
Últimamente, me preocupan bastante los asuntos de Estado (de derecho, le llaman), sobre todo desde que esta supuesta democracia, con sus supuestos derechos, me tiene permanentemente con la mosca detrás de la oreja.
Ese ha sido el motivo por el que, aprovechando que tras estos eventos institucionales parece ser que es de las pocas ocasiones en que podemos disfrutar de ver a nuestro Presidente (aunque una vez más a través de un plasma) dirigiéndose a los ciudadanos así como a los periodistas, me interesaba especialmente escuchar lo que Mariano Rajoy tenía que decir.
Y no porque esperase que diera muchas explicaciones, que ya está demostrado que quienes están por encima del bien y del mal no tienen ninguna obligación de darlas, sino porque había un asunto, para mi, de suma gravedad, que aun no había conseguido entender ni había visto a nadie, medianamente capacitado, dar una explicación desde el Gobierno (claro, cómo están de vacaciones...)
Desde que saltó la noticia de que nuestros vecinos de Marruecos, andaban más que encendidos porque su Monarca había indultado a un pederasta a petición de nuestro Rey (entre otros 48 por lo que se ve), no hago sino esperar una comparecencia gubernamental que nos ilustre sobre quien, como y porque ha sucedido esto y, a ser posible, que hubiese algún responsable, por no decir un culpable, como sí pretenden encontrar para el accidente de tren de Galicia o como encontraron para el del metro de Valencia. Máxime cuando en Marruecos, un Estado que no parece ser tan de derecho como el nuestro, tardaron poco en destituir a quien supuestamente había cometido un error.
Sin embargo, desde el Gobierno español, alguien colocó en una lista a un despreciable ser que ahora está en todos los programas, (sensacionalistas y de los que se les supone cierta seriedad) a punto de quitarle el puesto al mismísimo monstruo de Cleveland, sin que a día de la fecha sepamos por qué y por supuesto, sin que nadie haya sido cesado o dimitido por semejante barbaridad.
Que el Presidente del Gobierno nos cuente de lo que ha hablado con el Rey y nos cuente como va la economía, no me sorprende, es la tabla de salvación de quien vende lo que no tiene, digno sucesor de aquel otro que decía que “España va bien”, sólo que, el actual, lo tiene un poco más complicado porque, en todo caso, España va bien para los de siempre pero eso, no nos lo puede decir.
Que hablasen del conflicto de Gibraltar en términos de sí, pero no pasa nada porque con los ingleses nos llevamos muy bien y son nuestros amigos, también me lo podía esperar. Que era una cortina de humo, lo sospechaba y la forma en que nos lo ha contado Rajoy, me lo confirma.
Que no hayan hablado de la Gürtel y que, si lo han hecho, Rajoy iba a hacer “mutis por el foro”, también lo entiendo. No iba a contarnos ahora que le ha explicado al Rey porque mantuvo contacto a través de SMS con Bárcenas aun después de haber sido descubierto que tenía cuentas millonarias en Suiza y de estar “requeteimputado” y despedido en diferido hasta enero del 2013, de la misma forma que tampoco nos iba a decir que el Rey le había explicado los motivos por los que, al conocer los negocios delictivos de su yerno, en vez de ponerlo en conocimiento de la justicia, había mandado a la familia a Nueva York.
Pero lo que más me cuesta creer es que nuestro Presidente del Gobierno y nuestro Jefe del Estado -que han debido hablar largo y tendido de economía y del asunto de Gibraltar- no lo hayan hecho de lo sucedido con los indultos, cual si fuera un asunto banal. No en vano aun tenemos al individuo, eso sí, en Soto del Real (a saber, si no, cuál de nuestros hijos sería el siguiente), a la espera de ver como se resuelve un entuerto que, por otra parte, fácilmente podría suponer o haber supuesto un importante conflicto internacional.
Que el Presidente Rajoy no lo haya mencionado, también lo entiendo. ¡Qué necesidad de meterse en ese jardín!
Que en la rueda de prensa, ni uno sólo de los periodistas le haya preguntado al Presidente si había hablado de ello con el Rey, eso, eso es lo que no puedo entender.
Que a todo el mundo en este ¿Estado de Derecho? le importen un bledo que pasen estas cosas en nuestro país, me produce úlcera de estómago y os puedo asegurar que está a punto de sangrar.
Creo que no hará falta que os explique por qué.